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viernes, 10 de mayo de 2013

Por los suelos...





Chancla. O menos aún, chancleta. Pensar que en tiempos de hordas de bárbaros rubicundos, membrudos y toscos, mientras Roma caía como a cámara lenta, eras una zanca, una bota para pies de gigante, una greba para tibias de granito, una bota persa hecha para una pierna como una segunda piel, una pierna en principio poderosa; enorme zanco hollador de ribas, lomas y bosques frondosos, proferidor de patadas más potentes que coces, inasequible a las zancadillas, que salió de sí y quedó aplastado por el peso de un cuerpo convertido en mole desproporcionada y que te dejó sin riego, momificada cual reliquia incorrupta, por los siglos de los siglos.

Pasaste de lo sublime a lo humilde; te quisieron rescatar pero ya no fuiste más que una versión achatada por la apisonadora del tiempo y sus billones de pies campando por la piel de toro. Zapato desvencijado por cientos, sin esperanza ya siquiera ni de una milagrosa lezna, al que superaron en lozanía incluso las babuchas, tan a ras de suelo. En un momento dado probaste fortuna cruzando el maldito gran charco, pero acabaste en los arroyos, en los caminos de los altiplanos, rota y convertida en mote para niñas abandonadas. Y en una nueva ola de vuelta acabaste para andar un rato por casa, a riesgo de ser doblemente pisada, o como lujo sin precio en todos los suburbios del mundo, o como fruslería para turistas anfibios de temporada, apestando polímero tóxico.

Y al final, caminando por la playa, te acabas despojando del minúsculo resto en que viniste a dar; es decir, te despojas de ti misma. Y en tu nada vuelves a crear, para siempre y por un momento, la primera pierna desnuda.


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