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jueves, 16 de mayo de 2013

Madre del calor...





Caldera. Sede de lo cálido y lo caliente. De esos cuerpos que en el tótum revolútum del baño público buscaban aliviar la férrea carga de los días en músculos exhaustos y ligamentos dolorosos aun a los más finos ungüentos de Libia y de la Arabia Pétrea. Esos divinos cuerpos ungidos y cubiertos del polvo de las palestras que, sumergidos en la calima vaporosa de la piscina, al calor del hipocausto, recuperaban su brillante textura bajo la ancha pala de espátulas y estrígilos.
Pero antes de quedar derruida legaste brasa y nombre al pequeño recipiente que animaba en su ardor aquel bullicio, para refugiarse y ser repartido entre el pueblo ávido de olla podrida y el ricohombre que acudía con los suyos en demanda del rey y como premio a sus servicios. Y aparecer, crecida en calderón, para dar nombre a estirpes que barruntaban la línea del precipicio, entre chaconas, gallardas, zarabandas y, sobre todo, la danza de la muerte...
Y cuánto vapor despedido por las galerías del tiempo y cuánto ardor de picón y braseros hasta que, en el mismo recodo del siglo de las luces, raptaron y encadenaron a fuego el agua que contenías para alimentar el corazón de monstruos fabulosos que movieron el mundo y su peso como un Sísifo contagioso. Y la faz de la tierra se fue convirtiendo en un surcado hervidero de máquinas que dieron su relevo a las huestes sin número del aceite pesado.
Hoy, como en los inicios, recuperas la terma que cada cual lleva en su morada, esa entraña tan maternal como casi incandescente en que poder refugiarse.



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