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viernes, 11 de diciembre de 2015

RETRO, REVIVAL, VINTAGE: UNA ESTÉTICA DE LA INVOLUCIÓN CONTRA LA POBLACIÓN MUNDIAL


     A primera vista, puede resultar curioso cómo, sobre todo en la última década, nos ha venido invadiendo –principalmente desde los falsimedia y desde empresas de toda índole de la sociedad de consumo en general- un mar de productos y manifestaciones estéticas y audiovisuales que nos devuelven (o al menos eso intentan) a tiempos pretéritos en tanto que señal de prestigio, siguiendo la estela de aquel “cualquiera tiempo pasado fue mejor” de Jorge Manrique. En las etapas oscuras de la Historia –coincidentes no por casualidad con momentos de hegemonía político-financiera aplastante a nivel mundial- el vacío de creatividad o su represión, auspiciados por el sistema, han sido recurrentemente compensados con una huida o refugio más o menos insistentes de las artes en referencias del pasado convenientemente mitificadas, fenómeno que igualmente tiene su reflejo y trasfondo a nivel sociológico. Todo hecho de asumir un referente histórico empleándolo como modelo conlleva, ineludiblemente, una mayor o menor carga de mitificación.



     A medida que vamos reflexionando en el sentido de la presencia de esos productos y manifestaciones retro, revival o vintage en época moderna y contemporánea, podemos reparar en hasta qué punto han sido (y siguen siendo, y cada vez con más fuerza) una estrategia de masas alentada y fomentada por el neoliberalismo. La génesis de la misma hunde sus raíces en la creciente hegemonía político-económico-cultural de EE.UU. ya en el período de entreguerras y, sobre todo, el logro de la condición de primera potencia tras la segunda guerra mundial. Una revolución industrial y tecnológica sin precedentes que cambia por completo la vida doméstica y que contribuye a expandir la idea de los EE.UU. como el país del Welfare State, las libertades y las oportunidades, respaldada por el glamour de Hollywood y su recreación idílica y propagandística de la Antigüedad clásica y del Far West entre otros contextos, contribuyen a sentar la base para la mayor parte de las mitomanías usadas por el marketing como arma de distracción masiva. Ya en España, cuya guerra civil fue antesala de la mundial, se fue originando parecido fenómeno aunque realizado de una forma más tosca y radical, más carpetovetónica, con pleno control de los medios y del entorno educativo por parte de la dictadura franquista y una sangrienta represión, cuando no exilio, de cualquier tipo de oposición a la misma. Las productoras cinematográficas Cifesa -surgida aún en época republicana- y Suevia Films, nacidas como competencia autóctona al star-system hollywoodiense y sometidas a la censura del régimen, acabaron sirviendo de altavoz propagandístico del mismo, dando una imagen igualmente irreal, idílica, maniquea e idealizada del país y que recurría al constructo folklórico costumbrista y a un almibaramiento cursi, relamido, infantiloide pero adultocéntrico de fondo y por ello antinatural, que invisibilizaba a quienes perdieron la guerra y sus descendientes y la penuria vital de buena parte de la población, enfocada en la obtención de seguridad material mediante la estructura de la familia tradicional. Algo que auspiciaba un inmovilismo cultural reflejo del social, y éste a su vez reflejo del político; un contexto ideal para que las estrellas de entonces y los personajes de su entorno, finalmente (como sucedió, por ejemplo, con la llamada canción española), pudiesen perpetuar su presencia mediante operaciones revival en los medios décadas más tarde, yendo a desembocar actualmente en algunos programas de la telebasura convertidos de esta forma en auténticos cementerios de dinosaurios.



     En música el fenómeno retro y revival se viene produciendo de forma especialmente intensa a partir de las décadas de los 70 y 80, que es cuando empiezan a florecen los grupos musicales de versiones y traducciones libres por lo general de temas pop, rock o soul británico y estadounidense de los 50 y 60 convertidos no pocas veces en sintonías de anuncios publicitarios o en música disco o tecno, con objeto de alargar la rentabilidad económica de los temas originales. Y si es imposible recurrir a lxs artistas originales para seguir actuando (revival) se crean grupos ad hoc con ese (casi) único propósito retro (como fueron en España el caso de La Década Prodigiosa, que se dedicó a versionar en formato popurrí temas famosos del pop español de los 60 a los 80; o el de Luis Cobos y su orquesta, reproduciendo en popurrís pasajes musicales de zarzuelas enmarcados en caja de ritmos). Y en la última década, por mor de la nefasta política de recortes en la última legislatura (des)gobernada por el PP y de todo tipo de trabas al desarrollo de una cultura y arte creativos –afectando incluso a la servidumbre del arte subvencionado-, las creaciones originales -quizá por mostrarse la mayoría de ellas críticas contra el estado de cosas- se han convertido casi en una heroicidad underground confinada en pequeños pubs artísticos y proliferan por doquier los grupos que apenas disponen de algún tema original en su repertorio, por no hablar de los grupos-tributo (la mayoría de ellos con imitación de la composición y características estéticas e incluso físicas de la banda original) y de los grupos de animación musical de celebraciones -con repertorio de temas populares y generalmente de moda en sus respectivas épocas- que proliferaron a partir de finales de los 90 como consecuencia de los avances tecnológicos aplicados a la música y que permitían la fácil reproducción de playbacks totales o parciales sin necesidad de conocimiento musical alguno. Entre la creatividad pura y las versiones casi calcadas de temas originales se encuentra la delgada línea del plagio disfrazado de creatividad del que no pocos grupos han sido acusados de un tiempo a esta parte.



     El sector de la automoción no es ajeno, en virtud de la estrategia psicológica de masas del marketing, al fenómeno retro. Una vez más la estética de los años 50 y 60 sirve de base para la recreación de modelos o de vehículos a motor considerados –y vendidos- hoy día como legendarios en virtud de su marca. Y qué decir del mundo de la moda. Góticxs, freaks amantes de los fetiches del inicio de la era digital e informática; chicas vestidas y maquilladas al más puro estilo pin-up, que se puso de moda en Estados Unidos ya desde la segunda guerra mundial y experimentó un gran desarrollo a lo largo de los años 50 con el estrellato de Marilyn Monroe; la estética bling-bling, chillona y exorbitantemente excéntrica en ocasiones, tan dilecta sobre todo a una parte de la población afroamericana dentro del rap y del hip-hop suburbial y que bebe en las extravagancias de la estética funky-disco de los años 70; la estética hipster, combinación sui géneris de la forma de vestir y del aspecto físico de los colonos norteamericanos de la segunda mitad del siglo XIX con barba patriarcal a lo Walt Whitman con elementos de la moda casual urbana (chaqueta sport, zapatillas) y algún elemento freaky de cierta asiduidad como la “gafapasta”; e incluso lxs perroflautas, con una herencia estética del movimiento hippy surgido a finales de los 60 y al que se sumaron influencias estéticas de carácter étnico y aun primitivista (peinado de rastas, piercings de tipo africano en los lóbulos de las orejas, etc.) aparte elementos de estética urbana deliberadamente pobristas; en todos estos casos se da una consolidación en general de los estereotipos de género, algo muy congruente con el inmovilismo sociopolítico y económico de fondo. Aquí la creación del llamado precariado, resultado del expolio a la población –fundamentalmente la antigua clase media-  mediante medidas de capitalismo salvaje disfrazado so pretexto de la crisis, al combinarse con la idea de reciclado da lugar a la versión del segunda-mano que mejor responde a la finalidad última de los poderes que manejan el libre mercado: la moda vintage, que cumple una doble función: económica (mantenimiento del precariado, versión moderna de los siervos de la gleba medievales) y político-psicológica (interiorización del estado de precariedad reforzado por una estética deliberadamente antigua, al menos todo lo que puede significar el término “antiguo” en una sociedad de consumo de usar y tirar y artificialmente acelerado).


     Todas estas manifestaciones más o menos decadentes tienen como trasfondo el neoliberalismo de los lobbies cada vez más feroces y de las grandes fortunas del mundo recogidas por la guía Forbes, verdaderos señores feudales de eso que Umberto Eco, Furio Colombo, Francesco Alberoni y Giuseppe Sacco denominaron “la nueva Edad Media”, en la cual el poder y control omnímodos de la religión han sido sustituidos por selectos clubes de poder transnacional compuestos por grandes corporaciones tecnológico-financiero-alimentarias y por los servicios secretos de las principales potencias mundiales; y la retórica y estética de las iglesias y templos ha sido sustituida por la del marketing, la publicidad y los falsimedia súbditos de las ramificaciones de los poderes transnacionales en cada país, que siembran de forma plenamente consciente en la sociedad de consumo un discurso de mitomanías regresivas para mantener a raya y alejar cada vez más a la población de cualquier sombra de sospecha del verdadero estado de evolución de la ciencia y la tecnología controladas por los poderes supremos. El retro, el revival y el vintage son, por tanto, instrumentos de alienación estética y mantenimiento en la ignorancia de ese núcleo fundamental de realidad: una suerte de flechas indicadoras que conducen en dirección diametralmente opuesta a la de la verdadera evolución y que nos intentan llevar a la confortable burbuja de los pequeños mundos ficticios en los que el tiempo parece haberse detenido y que están diseñados para nosotrxs, las afortunadas macrocobayas, felizmente ajenas a lo que tienen secretamente preparado y almacenado para ellas los dioses del macrolaboratorio.