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domingo, 29 de marzo de 2015

ROMEO, ESE NEORROMÁNTICO

El 3 de abril de 2015 se digna a aterrizar, cual alteza para bendecir a sus (sobre todo) súbditas en un estadio del sur de Tenerife destinado a tanta majestad, uno de esos fast idols que hoy en día tanto abundan, el vanidosamente autodenominado king de la bachata, Anthony Santos, nacido en el Bronx hijo de padre dominicano y madre puertorriqueña que andaban, como tantos millones de latinxs, en pos del sueño –o espejismo- americano pero eso sí, arraigados en el tradicionalismo de sus países de origen, con ese orgullo identitario chulesco de gueto reconvertido en barrio suburbial maquillado de grafitis, breakdancers y gente chopa adicta a la ropa deportiva o ajustada de colores netos y chillones con brillos satinados, a los anillos dorados y al bling-bling. No poca descendencia de esa población latina quiere ser tan americana que, en su pueril presunción, cambia el dios cristiano por el dios-éxito (consistente fundamentalmente en sexo y dinero) para que nada de lo fundamental cambie pensando –oh ilusión- que son (sobre todo ellos) unos transgresores de la hostia, los putos amos, los jodidos reyes del cotarro dispuestos a hacer dinero y fama rápidos y asegurados, viéndose abocados sobre todo al deporte o al mundo del espectáculo para conseguirlo.


El autodenominado Romeo es uno de los paradigmas acabados de dicha mentalidad. Ese romántico de nuevo cuño y cerebro medieval que no vacila en desafiar a sus rivales para obtener los favores sexuales de las damas que él –y sólo él- se ha propuesto conquistar porque, según él, es capaz de conquistar cualquier mujer; y tanto mayor es la hazaña y el deshonor de los rivales si se ríe en su cara y si las damas objeto de su abordaje son sus esposas -¡oh, cuánta nobleza!-. Ese desesperado latin lover que se “enamora” de ti en un par de días nada más haberte visto una vez por webcam en Internet y hablar contigo un par de veces por teléfono y que, todo desesperado por que seas suya, chica -¡qué privilegio!-, te introducirá en tan sólo una semana en una relación con boda exprés, sin darte tiempo a pensar y marcándote el programa de lo que haréis cada día para regalarte el cielo -¡qué divino de la muerte!-; y todo ello, quizá, tras haber reventado alguna boda ajena, para acabar viviendo como la clásica familia feliz con cuatro niños, un perrito y dos carros. Ese pobrecito controlador celotípico y esquizoide sin ninguna textura moral, que te pide todo mimoso que te lo lleves con él de viaje para hacerte un marcaje en corto, inspiración de maltratadores que se dicen víctimas y maltratados cuando alguna mujer les da largas y que, como último recurso, abundan en su miseria humana de pobres hombres ricos llorando lágrimas de cocodrilo y diciendo que ya han cambiado, y acuden a los chantajes emocionales, cargos de conciencia y esos ya tan manidos “no soy nada, sin ti yo me muero, si no vivo contigo verás pasar mi ataúd, reza por mí”; pero que en el fondo están carcomidos de envidia y resentimiento por sentirse ultrajados cuando esa mujer a la que consideran suya rehace su vida con otra persona o tiene visos de hacerlo, pasando del desprecio a la difamación y de ahí a las peores amenazas y deseos de venganza. Ése que prefiere mantener la sordera de la ilusión y que le digan que lo quieren antes de enfrentarse a la cruda realidad de su ineptitud y desubicación emocionales y que, indefectiblemente, se autoflagelará pero eso sí, quedará claro que tú eres la responsable de ello. Ése que lo fía todo a los amores de película y diviniza a la mujer que accede a sus pretensiones sexuales, porque eso de hacer el amor (él llama así a lo de follar) es estar en la gloria, y si tiene el privilegio de follar con él eso es la gloria absoluta y la convierte así, automáticamente, en su diosa y su santa por la que pasa penares y ayunos cual Jesucristo del siglo XXI -¡oh, cuánta devoción!-.  Ese capitán que tiene tu vida en sus manos (él siempre al mando) y que será el único capaz de hacerte sentir viva -¡cuánta presunción!- llevándote a su viaje sin retorno (Chica, este es para ti el último viaje); escalofríos entran sólo de leerlo u oírlo. Ese adalid del aquí-te-pillo-aquí-te-mato que te invitará de tanto en cuanto a tomarte una copa para bajarte las defensas y para follar enfermizamente y por sorpresa como animales (o como neandertales, sin religión de por medio sólo a ratos aunque su religión eres tú, que quede claro), porque se lo pide el cuerpo y Troya tiene que seguir ardiendo porque sí, porque a él le ha dado el avenate (eso sí, con perfume del caro, para que se note el estatus), y con el que acabarás teniendo sexo de fin de semana para que use tu cuerpo como si fueses una muñeca hinchable (eso sí, con protección, limpieza ante todo).  Ese muñequito incapaz de gestionar sabiamente sus emociones, que no encuentra una alternativa entre follar y el amor de cuento y eso lo atormenta y le hace darse cuenta -¡a buenas horas!- del negocio que hay montado en torno a san Valentín y tal, cuando él es parte vital de ese negocio con sus discos en la sección de música de El Corte Inglés. Ese macho alfa que disputa con otros machos alfa por el objeto de sus calenturas con mucho alcohol de por medio (como hacen los machos, faltaría más). Ese culo-veo-culo-quiero que llama tontos a quienes saben amar y a los que realmente envidia, seguramente porque él es un listo poco o nada inteligente. Ese medio limón lejos de ser alguien completo que necesita ejercer su donjuanismo cual yonqui asaltante en busca de calmar su mono, que lamenta por no saber prevenir (Me siento incompleto si no te conquisto […] soy un desubicado […] sin ti me he convertido en un bufón, el payaso del salón) y que se postula inocente ante el juez de la conciencia, pobrecillo (porque ni hablar de que la conciencia pueda tener una jueza, ¿verdad?). Ése de quien ella está ciega y sordamente enamorada  y de quien se hace un retrato ideal (o, tratándose de payasos, una caricatura), aunque él sea gordo, egoísta, violento o incluso delincuente (terco y antisocial) y más feo que picio (porque el hombre y el oso, cuanto más feo más hermoso, claro). Ése que, cuando se ve obligado a ceder ante la iniciativa de una mujer que le hace perder el juicio, ya la está considerando una diabla y una hechicera mala (vamos, una bruja) porque la mujer sólo es buena si obedece a su amo y señor, que es un buenazo y un inocente, por supuesto. Ese macho 100% hetero (no soy gay) que, con paternalismo homófobo, se hace el tolerante y dice comprender a un “afeminado” al que su padre no acepta, diciendo que ese chico está lleno de complejo repugnando su cuerpo, queriendo ser hembra pero es todo lo opuesto, demostrando así una profunda ignorancia sobre reasignación de sexo y diversidad en orientaciones sexuales al confundir gay y transexual (por cierto, Romeo, chato, que las lesbianas, lxs bisexuales y lxs transgénero también existen).

En resumidas cuentas, con Romeo Santos nos hallamos ante un tétrico ejemplo –uno más- de macho que pretende ser el rey de la manada, que en las letras de sus temas se manifiesta en todos los palos del varón patriarcal: machista, sexista, androcéntrico, LGBTI-fobo, paternalista y misógino. Un mequetrefe enfermizo que contempla la vida amorosa como una competición contra los demás hombres y que, en última instancia, usa a la mujer para satisfacer sus necesidades fisiológicas. Un autoproclamado poeta encantado de conocerse a sí mismo que junta las tres primeras palabras que le vienen a la cabeza con tal de que todo acabe rimando. Uno de esos hit men tan hueros, horteras y pobres de alimento como ricos en aditamentos y carnaza y de que tan hambriento anda ese sector de público que tal vez pagará los 40 euros o más que no tiene para llenar el estadio de Adeje y al que en la vida le importan pocas cosas más que comer, tener un curro para tener dinero que gastar, tener un buga (cuanto más molón, mejor) perder el sentido en disco-pubs, beber y follar (cuanto más, mejor). Y todo eso porque hay que hacerlo, porque todo eso es sinónimo de éxito y de una vida feliz; no saben ni por qué ni por qué no pero siguen el dictado de unas leyes de vida a las que se someten borreguilmente, sin cuestionarse ni oponer la menor objeción, como si esas leyes (las del patriarcado y el neoliberalismo) hubiesen existido desde los orígenes del universo. Un público frívolo y superficial, sin nada sustancioso en que pensar, profundamente palurdo y susceptible a todo tipo de manipulación, al que no cuesta imaginarse adicto a la telebasura y a alguna que otra droga, y que de hecho llega al punto de anteponer eso al más elemental sentido común y empatía de, por ejemplo, entristecerse y lamentar la pérdida de vidas humanas en un accidente de aviación.

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